
Definitivamente, es que a uno lo educaron distinto.
Desde que me muevo en círculos disímiles a donde crecí, he encontrado patrones de comportamiento que me dejan perplejo. Sin embargo, al ser yo el turista, encuentro complicado imponer mis valores… o dejémoslo en “imponer mi punto de vista”.
Pero hay veces que me cuesta mucho trabajo; como quien dialoga con alguien que habla con la boca llena.
Me he intentado poner en los zapatos del otro, y juro que no entiendo el razonamiento. Ilustro:
Supongamos un subalterno en la oficina de su jefe, hablando. A través de la puerta de vidrio el subalterno divisa un viejo amigo.
¿Es acaso concebible que el subalterno salga de la reunión para saludar a su amigo?
¿Dejará a su jefe esperando mientras se actualiza en chisme?
¿Se ofenderá entonces el amigo, al ver que su sola presencia no logró disuadir al subalterno para que dejara al jefe esperando?
Probablemente no. ¿La causa? Quien sabe… pero escojamos “respeto”, para no extendernos en tangentes. Por respeto al jefe, el subalterno no deja su reunión en pausa, mientras este reencuentro inesperado florece.
Encuentro indescifrable la gente que no aplica este tipo de lógica a los encuentros casuales. He visto, con alarmante frecuencia, conversaciones invadidas por terceros, las cuales desplazan completamente a uno de los interlocutores originales.
Por un lado, el interlocutor invasor no tiene forma de saber cuál es la relación de su conocido, con el interlocutor desconocido. Pero independientemente de la posible sensibilidad de la conversación que está truncando, encuentro bastante descortés el robarle tiempo a un individuo que no conoce (y que estaba ahí primero; es el mismo principio de quien se cola en la fila).
Por el otro, cuando uno de los interlocutores originales interrumpe su dialogo para iniciar una conversación periférica, es, seguramente, porque no cree que a su primer interlocutor le moleste. Y volvemos al punto del respeto. Ciertamente, este interlocutor original no interrumpiría una conversación con su jefe, así esta transcurriera en un bar… ¿Y es que acaso, el interlocutor que sea, merece menos respeto que el jefe?
Es como si fuera menos valioso el tiempo dedicado a nuestros hijos, la cena romántica que milagrosamente logramos acomodar en el apretado cronograma de la vida diaria, los escasos minutos que un viejo amigo nos regala para un café, o el instante de fuga que en un pasillo se comparte con un colega.
¿Y qué hace uno con el sujeto que habla con la boca llena, cuando todos a su alrededor charlan mientras mastican? Ahí no queda más remedio que aplicar lo que dicta la etiqueta: “Al país que fueres…”
Pero cada vez que pasa, me hacen recordar que en su círculo, no soy más que un turista.